OLEOS DE PING PONG

María Guerrieri

Curaduría y textos de Guadalupe Creche y María Guerrieri

Audio colaboración: Radio de cuadros de Juliana Iriart

 

Texto curatorial:

Guerrieri. Ouvrard. Morandi 

Es el año 1985. El cielo se ve en tonos de naranja rojo y amarillo, aún con estos colores no se distingue la forma de las nubes. Al centro, apenas hacia la izquierda, flota en el cielo una pelotita redonda como de ping pong con aura de huevo frito ocupando el lugar del sol. La línea del horizonte separa el cuadro en dos. Abajo, tres son los camotes o batatas que toman sol apoyados en el suelo de pasto verde y tierra marrón. La pintura no es muy grande, mide treinta y cinco de alto por cincuenta de ancho en centímetros. La técnica, pastel sobre cartón. Esta pintura está en la tapa del libro que reúne ochenta obras del pintor rosarino Luis Ouvrard hechas en el período entre 1916 y 1986. 

Es el año 1954. Tres botellones de vidrio grueso y un cuenco de cerámica descansan sobre una mesa marrón muy oscura. Una línea horizontal al medio traza el horizonte y divide a la pintura en dos partes. Hace un paisaje. Hace una naturaleza muerta. La luz desde arriba ilumina de forma pareja los objetos. Esta pintura tampoco es muy grande, mide treinta de alto por cuarenta y cinco de ancho en centímetros. La técnica, óleo espeso y recargado sobre tela. Forma parte de la colección del Museo Nacional de Bellas Artes y fue hecha por el boloñés Giorgio Morandi. 

Es el año 2019. Octubre. Visito a María Guerrieri en su casa taller por primera vez. En la planta baja pinta una serie muy minuciosa de ladrillos marrones como el adobe que se usa para las construcciones. Los rectángulos forman cuerpos, mapas y geografías de ciudades que no existen. En la planta alta de la casa taller, en medio de un despliegue de piezas de cerámica realizadas en los últimos años, pinta con óleo una serie de doce pinturas: óleos de ping pong. 

Es el año 2020. Me llama la atención que en las pinturas no hay rivales ni oponentes. En los óleos no se trata de ganar o perder un partido, ni siquiera de competir, sino de pelotear: seguir el movimiento de la pelota conectando cuerpo y espacio en un diálogo. Los óleos están hablando de arte y de deporte intercaladamente y casi sin distinción, diciendo que la paleta de colores intensos como el azul ftalo, el rojo vibrante, el amarillo fosforescente, o el óleo sin diluir generan una textura de merengue, que dan ganas de tocar, comer y oler. El color de la pelotita naranja flúor, la mesa azul con líneas blancas, la falsa escuadra y la forma triangular están presentes. 

Se podría ordenar la serie en tres, dividir en Paisaje con mesas, Naturaleza muerta con paletas y Figura humana marcando movimientos. Dividir en tres colores: rojo, azul, verde, y ver en la sala un montaje entre complementarios. Azul, color del soporte del tenis de mesa profesional. Marcar un tema: el ping pong. Pero parece que estas jerarquías que sirvieron de base a la artista para organizar un principio y una forma de entrenamiento han sido desbordadas. Tratar de contener la expansión en el trabajo de María desdibujaría su sentido; su trabajo rompe de una vez y con humor los mandatos en la tradición de la pintura, como el formato y los temas que aún hoy recaen  sobre las pintoras.  

En esta serie de pinturas transpone sus saberes artísticos desde lo aprendido hacia lo aprehendido. Juega ella y nos hace jugar en la historia de la pintura, las influencias de Ouvrard, Morandi y Fígari, los géneros, los temas, los colores y los tamaños. Y esta vez juega un partido de belleza rara y saturante. Los óleos del ping pong se ubican en un peloteo sin competencia acerca de las formas posibles de ser y hacer en el arte local.  

Guadalupe Creche

 

21 de septiembre de 2020

Querida D,

Respondo hoy a la carta que me mandaste desde prisión. Yo también, como vos, estoy encerrada. Pero mi espacio es una habitación en la torre de ladrillos que construí yo misma.

Pinté bastante en este último tiempo. Ahora estoy en una pausa esperando que algunas partes sequen, así que aprovecho y te cuento qué hice.

De suerte tenía acá un rollo de tela preparada, pinceles polvosos y bastantes pomos grandes de óleos, que compré en 2004, y dejé arrumbados en un bajoescalera por años llenándose de pintura descascarada. Usé todo este material en una familia de pinturas a las que me dediqué en los días de calor. Por ahora la llamo “Óleos de ping pong”. En un momento me di cuenta que las imágenes se estaban agrupando por temas, y en función de eso me organicé para seguir esa dirección. Tengo doce telas, separadas en tres grupos de cuatro unidades cada uno. Hice unas cuentas simples. Tres por tres da nueve, tres por cuatro es doce. Esta última cuenta definió la cantidad de pinturas que hice.  Me gustó esa operación, porque no tiene repeticiones numéricas. 

Los grupos son los siguientes: paisaje, naturaleza muerta y cuerpo humano. Las referencias en las que me apoyé fueron para cada caso diferentes. Óleos y pasteles del rosarino Luis Ouvrad y algo de la forma de poner pintura de Pedro Figari, para los paisajes. Las naturalezas muertas con objetos de la práctica del ping pong las hice tomando ideas de las pinturas de Morandi. Para pintar cuerpos humanos usé imágenes de los videos de entrenamiento de una página de Facebook que me pasó G, Consultorio Tenis de Mesa.

Las ganas de hacer todo esto surgen porque en 2018 empecé a jugar semanalmente al ping pong de manera recreativa. Jugando me enamoré de B, y después empecé a tomar clases, hasta que dejé por un dolor en el hombro. Se me tensionó el manguito rotador y empecé fisioterapia. Luego, la pandemia clausuró la vuelta al juego.

Pero las pinturas ya estaban empezadas. En verdad, son 11 óleos y una pintura hecha con acrílico.

Los tamaños van desde los 30 x 40 cm hasta 95 x 61 cm. De pequeño a mediano formato, sin repetir medidas. Dos son verticales, una es casi cuadrada, y las demás apaisadas.

Pinté con el óleo empastado, decidí no diluirlo. No hay aceite que estire, ni trementina que diluya. Solo aguarrás para limpiar espátulas, pinceles y paleta. También lo usé en barra, para dibujar líneas con más soltura que con cualquier pincel.

Los colores los apliqué bastante planos, aunque en algunos casos hay sombreados, degradés o raspados. Usé bastante carga de materia, superpuse capas untando óleo con la espátula. Mezclé mucho en la paleta, con bastante rigurosidad para recordar qué pomos habían participado en la mezcla de los colores que quise que estuvieran presente en más de una oportunidad.

El grupo de los paisajes mantiene una estructura simple. Dividí el espacio de la tela en forma horizontal con distintas proporciones de suelo y cielo para cada pintura.  En los cuatro suelos hay una mesa de ping pong. Una es azul, otra es verde y dos son rojas. Las líneas de la cancha son en todos los casos de color blanco puro. Aunque hay una excepción de color verde. Ninguna mesa se ve entera, solo la superficie de juego y en ninguna está la red. Todas son tomadas desde ángulos distintos, y en primer plano. También en cada imagen algún borde de la mesa corre paralelo al horizonte. En los cuatro cielos hay una circunferencia: en uno es la luna, en otros es el sol y en todos también es la pelotita de tenis de mesa. Una pintura tiene tres círculos, otras dos tiene dos, y la última uno solo. Quise hacer dos pinturas casi abstractas. Son geométricas, figurativas y el óleo tiene cierta cualidad de relieve. En las otras 2 el ambiente es de tinte onírico, simbólico. Una es un nocturno, la otra un atardecer. Para mí hay 3 telas que son postales del amor, y la cuarta es la presentación del escenario.

Para las naturalezas muertas, con objetos de la “cocina” del tenista de mesa, usé la forma de componer de Giorgio Morandi. Paleta de colores reducida, óleo como barro, elementos que se tocan por los bordes. Las piezas que aparecen en las telas se tocan sí o sí por alguno de sus lados con las demás (puede que haya alguna excepción), como les pasa a las personas cuando hacen deportes de contacto, o como pasa en un partido de dobles de ping pong. Las cosas que pinté las tomé de los videos de entrenamiento que te conté: cajas, baldes, llantas, paletas rotas, pelotitas aplastadas, conos de hilos, maderas, alambre. ¿Qué puedo decirte? Disfruté de tener el pincel cargado de óleo negro y hacer de eso una rueda de auto. Amo cuando la pintura deja de ser una masa matérica amorfa para ser una cosa concreta, nombrable. Casi tocable.

Me encantaría que vieras los videos que yo miro. Son espectaculares. Los hace Chu Daniel. Él es un profesor de Educación Física que entrena en La Plata a chicxs, adolescentxs, y adultxs con una técnica que me recuerda al yoga iyengar que hice cuando estaba embarazada. Lxs hace usar cajas de cartón, cintas para hacer moños, cañerías de plástico y todas esas cosas que enumeré antes, para poder aislar el movimiento que quiere que internalicen, y así mejorar su juego. Forma deportistas de elite usando objetos póveras. Su trato es áspero y algo ansioso cuando le habla a sus alumnxs en los videos didácticos que sube al Facebook. Pero nadie está incómodx ni asombradx por la propuesta de interacción con esas cosas fuera de contexto. Practican de manera segmentada, como desarmando un motor para saber cómo funciona y, si hay suerte, después reunir todo y olvidar que hubo una técnica.

Bueno, te sigo contando de mis pinturas. Jugué bastante con el raspado de la tela, poniendo y sacando material con la espátula. Pinté los fondos de todas con acrílico sin que me importe especialmente el color, y después dibujé con blanco para tener una idea de las formas en el espacio. En algunos casos decidí antes de pintar cuál sería la paleta o el color dominante. Eso pasó con cinco, que son las pinturas rojas, y forman un conjunto que hace intersección con los tres temas que retrato. Una es un paisaje, otras dos son naturalezas muertas y otras dos son cuerpo humano.

Te detallo un poco el último grupo, que a mí me divierte. Tengo un cuerpo humano entero de pies a cabeza que está practicando, pero formado por tres telas. Lo organicé así una vez que tuve las cuatro pinturas hechas. Lo vi al final. Porque pinté cada una suelta, aunque todas son fragmentos de cuerpos sobre imágenes congeladas de los videos. La pintura roja, va sola y es una chica de ¾ perfil que mira hacia la izquierda después de terminar un golpe de drive con su paleta, que parece un mango morado. Es pelirroja, tiene una flor blanca en el pelo, y ciertos rasgos gatunos logrados por unas pinceladas que quedaron en sus mejillas y parecen bigotes. Es zurda. La vemos cruzar el brazo con la paleta agarrada de un modo imposible. La sostiene como si no tuviera mango. Ja, recién me doy cuenta del juego de mango fruta, mango de madera que no está. Hace una torsión rarísima con sus dedos, que son en extremo largos y amarillos. Está malísimamente mal construido su cuerpo, que llega hasta mitad del torso. El otro brazo, doblado también, tiene una mano fantasma que parece una medusa sin hilos. El fondo es salmón. Del lado izquierdo de la jugadora el color es plano, del derecho hay una trama triangular esgrafiada y también pintada de tono y valor similar al del otro lado. Su remera es roja oscura, el brazo más lejano es rojo más claro y el que toma la paleta es mitad amarillo, mitad gris de color.  En la zona de unión de esos tonos hay manchas rojas que parecen la sombra grabada de un follaje que no vemos.

Ahora te cuento cómo es el cuerpo entero. Está compuesto por tres pinturas colgadas de forma vertical sin espacio entre una y otra. Arriba está la cabeza, hecha con líneas blancas sobre fondo ocre rosado. Podría llamarse Ocre Falsa Arena ese color, parece medio perlado pero nada que ver. La cabeza es de un nene con su ceño fruncido por la concentración que le demanda el ejercicio que está haciendo. Tiene una paleta en cada mano, unidas por un hilo que sostiene una pelotita, que él hace deslizar de una paleta hacia la otra, separando solo un poco los brazos del tronco.

El torso de este cuerpo entero es otra pintura, roja. Es el torso de otro deportista, más grande en edad y en tamaño relativo. A este cuerpo no se le ve el cuello, y hacia abajo   solo se ve un muslo, al otro lo tapa el final de la mesa. Pero se nota que es un hombre, tal vez joven, con el tronco girado hacia su derecha, intentando cubrir ese espacio de la mesa. Tiene en la mano derecha una paleta deforme, parece un globo rojo, como el fondo, y la mano creo que es una pinza de langosta marina. La otra mano sostiene, apretando contra el vientre del jugador, una caja blanca, tamaño ladrillo. Cada cara está pintada con un tono y valor distinto para dar idea de 3D. El cuerpo de él es casi plano, de remera y pantalón naranja, brazos bordó.

La última pintura, con la que termina estx jugadorx, es mucho más grande que las otras dos. Pinté un par de piernas, que si las ves parece que por color y tipo de zapatillas fuera cada una de una persona diferente. Pero el tamaño, la forma y la postura que tienen contradice esa ilusión y es claro que están juntas. Una es rosada con una zapatilla verde con plataforma gomosa. La otra es gris con una zapatilla más deportiva, blanca y roja, casi adidas por el efecto del óleo arrastrado. Las piernas están en posición de juego, atentas. Las rodillas miran hacia la izquierda. A sus pies hay dos pelotitas azules. Pruebas de que está en acción. El fondo tiene tres zonas, es tricolor. Una parte verde, otra marrón y otra ocre.

Hasta ahora no colgué a este cuerpo ordenado y dislocado en la pared. Quiero ver qué le pasa cuando lo haga. Son muy distintas las 3 partes, pero tal vez se lleven bien. No lo sé. Cabeza de nene, cuerpo de adolescente, piernas de nena pero igual a las mías de ahora, cortas y gorditas.

Hasta acá llegué con las pinturas. Las colgué en unos clavitos que ya estaban puestos en la pared, y examiné los óleos del ping pong. Embastados les vi problemas de forma y de color a cada uno. Todos juntos me preocuparon. Aunque hace semanas estaban terminados, en un momento me entró la tentación de cambiarles algunas cosas. 

Pensé en corregir incompetencias, y a la vez me dio tedio ese acto reflejo de ser mi propia censora, mi propia profesora de pintura, mi autoridad escolar. Para evitarlo, los puse de espaldas a todos en una esquina de la habitación y los estoy moviendo de a uno. Aparto un cuadro del resto y lo cuelgo en el clavo que tengo enfrente de la mesa. Tiempo de secado y reposo individual. Me incomodan un poco, incluso solos, pero así voy volviendo a quererlos con sus incongruencias a la vista.  Los tomo como los relieves del humor que me acompaña y como los certificados de estudios realizados.

Espero que sigan en algo el día que los lleve a una sala para mostrarlos.

Te mando un abrazo,

                                       M

María Guerrieri

ÓLEOS DE PING PONG

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