ANTOSOFÍAS

Antonella Agesta

Curaduría y texto de Bárbara Golubicki

 

Texto curatorial

“A derecha e izquierda, unas malezas coloradas y de oro brillaban con un tinte de fuego, y hasta parecían arder con un calor igual.En la ribera opuesta, lloraban los sauces en perpetua lamentación, la cabellera desatada sobre los hombros. El río reflejaba lo que quería de cielo y puente y árboles ardiendo (…) Ahí, mientras las horas giraban en el reloj, uno podía ensimismarse en su pensamiento” 

 

“De mis labios fluirán mentiras, pero tal vez se mezclará con ellas alguna verdad; a ustedes les toca buscar esta verdad y resolver si vale la pena guardarla”  

 

(Un cuarto propio, Virginia Woolf)

 

Sentada al borde de un río, sobre el césped, uno de esos días hermosos de octubre, Virgina Woolf departe sinuosamente sobre la literatura y las mujeres. Interpretar la demanda de un espacio propio y dinero para nosotras, por lo tanto, no debe desprenderse de las condiciones mentales necesarias para hacerlo: el paseo, la salida, el divague, la fantasía. 

 

Las pinturas de Antonella Agesta advirtieron esto y empezaron a hacer ese movimiento hacia afuera. De los primeros interiores lúgubres, empapados de una metafísica doméstica, pasando por las pinturas en miniatura en diálogo con un mobiliario ornamental que le sirve como plataforma de acercamiento y observación (una escalera usada para asomarse), hasta las pinturas de Antosofías, en las que las ventanas y puertas se abren, los velos se descorren, los jardines aparecen, el trabajo de Antonella hace eje en la necesidad mutua del adentro y del afuera, de la simbiosis entre el imaginar y el habitar.  Sobre estos dos núcleos postvictorianos, modulan su amor por lo femenino.

 

Esta predilección, no por el personaje femenino (no hay retratos en su repertorio formal), sino por una cualidad más vaporosa y lábil opera en la atención al detalle, en una deriva preciosista e intermitente o, como ella misma dice, en la confección de un inventario de “objetitos”, una antología. Y, entonces, una mirada que se complementa con los cantos de la época pero sin la necesidad de la denuncia viceral, para rebajar, diluir, disipar toda estridencia en este universo silencioso de entidades que solo vemos como femeninas en tanto están investidas de una energía particular y soberana: la del deseo de pintar lo que quiero.  

 

Antonella no solo acepta “that collar I have spoken of, women and fiction” (que Borges traduce sin pudor en su versión de Un cuarto propio de Virginia Woolf, como “yugo” en lugar de collar), también lo usa, casi lo ostenta, a través de una inmersión desprejuiciada, incluso si los objetitos se transforman en vórtices de tensión dramática, en ejercicios melancólicos de descarga, o en señales de una mitología ecléctica y kitsch, que la acercan a figuras como la pintora surrealista Leonor Carrington.

            

De este modo, volviendo sobre motivos anacrónicas y de larga data, la protagonista de sus pinturas es un hecho virtual: la fantasía. La fantasía como terreno de lo poco riguroso donde las pinturas trabajan con dudosas perspectivas, reflejos incompletos, elementos que se encabalgan o, se repiten como restos diurnos, contornos porosos. Las proporciones son caprichosas y los personajes híbridos engalanados con tocados de flores, flores que rodean cuernos, colas con estrellas, estrellas que cubren a través de velos un paisaje cortesano. Una cascada de gasa cae sobre el río y las aves, o los cisnes se miran en espejos negros de marco dorado. Finalmente la prerrogativa de la fantasía y su tendencia a lo decorativo, no socavan, (por el contrario, blindan) un espacio autorregulado, donde el acto de replegarse, el aislamiento están unidos a una confianza en que al final del camino lo que se construye es una sabiduría de sí. O varias.

 

Bárbara Golubicki